Home Taping is Killing Music, Don’t Copy that Floppy, You can Click but you Can’t hide, Piracy is Theft, You Wouldn’t Steal a Car: un mismo principio convertido en lemas adaptados a cada época desde los 80, repetido incansablemente por el oligopolio de la “Gran Industria  del Entretenimiento”, principalmente el musical, para proteger sus intereses económicos, -nunca directamente los intereses creativos de sus artistas- ante lo que ellos percibían como una amenaza a su modelo de negocios; utilizando primero la culpa del “daño que le hacíamos a nuestros queridos intérpretes” hasta llegar a la bravuconería, la amenaza, las demandas y casi la extorsión para hacer que la gente sólo consumiera los productos que ofrecían por los canales que ellos ofrecían.

Treinta años después de ese primer lema y está comprobado que ni grabar cassettes, o quemar discos o bajar archivos mataron a la música. Vivimos en un momento donde tenemos más música a nuestra disposición que nunca, donde probablemente haya habido más bandas que nunca (en efecto no todas son buenas) y donde se gasta más dinero en música, conciertos y mercancía que nunca antes.

Bajar discos no mató a la música, es más ni siquiera a la industria musical como algunos beligerantes defensores de lo “independiente” llegaron a proponer desde los 80. Sí, el file sharing le dio un empujoncito a las Big Four[1] a convertirse, hace unos meses apenas, en las Big Three[2] pero quien empezó a cavar la tumba de ese tipo de industria musical fueron esas mismas disqueras y lo empezaron a hacer desde antes del internet masificado, solitas se atoraron al imponer un estándar tecnológico que si bien presentaba algunas ventajas y abrió nuevas posibilidades creativas, en realidad terminó por funcionar mucho más en detrimento general en la calidad y permanencia del almacenamiento musical. Sí, las disqueras se ahorcaron con el CD, quitándole cierto valor a la música que editaban,  fomentando la creación de álbumes con muchos más temas de relleno, minimizando el potencial gráfico de las portadas, sus cualidades de objeto y la peor de todas, obligando en su momento a gente que nos fuimos en la finta a comprar de nuevo parte de sus colecciones en el nuevo formato digital, y tan sólo parte porque en el cambio de paradigma tecnológico fueron sólo los discos que habían vendido un significativo número de copias los que pasaron de disco de acetato al frágil disquito tornasol. Digamos que gran parte del acervo histórico musical de la cultura pop fue editado por fuerzas del mercado, haciendo que el acceso a horas de música significativa, se convirtiera en algo de acceso exclusivo a obsesivos, nostálgicos y snobs; robándonos a muchos de nosotros, durante algún tiempo, la posibilidad de redescubrir o descubrir períodos completos de música si nos tocó vivir en la época en que el CD fue el formato estándar.

Finales de los 90 y principios de los 2000 fue una época particularmente interesante en el desarrollo de las maneras que encontramos para definir nuestros consumos musicales y las formas auditivas pasadas utilizadas para generar música nueva. Ante la estancada calidad en casi todos los ámbitos de la música pop del momento -de nuevo, resultado de que las grandes disqueras optaran por fórmulas comprobadas- fueron algunos visionarios o quizá oprtunistas -da lo mismo- con ojos detrás de la cabeza quienes para sus propios fines empezaron a rescatar parte de esa historia musical perdida en la transición al digital. Sin espíritu nostálgioco alguno, dos años antes de que Munk y la Gomma y James Murphy y su DFA explotaran con su reinterpretación del disco fuera de la corriente principal (y le siguieran la Tigersushi y la Italians Do It Better), Joey Negro, un Dj Inglés, curó y editó para Strut esta recopilación de temas de bandas principalmente neoyorquinas de Post-Disco, No Wave, y Jazz experimental de los tempranos 80 (esencialmente cualquier banda que pudiera poner sintes y guitarras afiladas sobre bajos bamboleantes a tocar música para pista de baile pero con una actitud decididamente punk) que hasta el momento no habían sido editadas en CD.

Lo interesante de la curaduría detrás de esta recopilación sea quizá el desparpajo con que fue armada, editando lado a lado temas de latin disco bastante respetables, con Spasticus Autisticus, el himno políticamente incorrecto de Ian Dury en contra de la condescendencia hacia gente con capacidades diferentes, con el rescate de cuatro proyectos de Arthur Russell (una figura importante del no wave neoyorquino a quien se le reapreció, a diez años de fallecer, a partir de la edición de este disco), con reediciones para la pista de baile de un tema interpretado por Yoko Ono (hecha a menos de un año de la muerte de Lennon), con la primera edición en CD de Cavern de Liquid Liquid (el sample base de White Lies de Grandmaster Flash), con una canción valientísima y larga pero pésimamente recibida del Steve Miller Band, con un fantástico cover disco de Common Sense al mejor tema que Sting y The Police jamás escribieron: Voices Inside my Head.

Altísimamente recomendable y lleno de temas que siguen moviendo cualquier pista de baile ocupada por gente con gusto afinado.

R.A.


[1] las cuatro disqueras grandes que controlaban el 90 por ciento del mercado: Universal, Sony, Warner, Emi, y que antes eran 6

[2] Universal, Sony y Warner; a Emi se la repartieron y abarcan ahora el 88% del mercado, el resto se va a las independientes, que tampoco lo son tanto, pero por lo menos entienden más el mundo donde lainformación digital fluye libremente